miércoles, 3 de abril de 2013




Refranes y dichos

  • Gallo que no canta, algo tiene en la garganta -
          Cuando alguien abandona un debate o conservación sin justificación aparente, es porque tiene algo que 
             esconder

  • La gran victoria es la que sin sangre se toma -
         Que se debe conseguir metas sin hacer daño a nadie.

  • Con la medida que mides te han de medir
          Trata a los demás como te gustaría a tí que te tratasen.

  • Quien mucho abarca, poco aprieta
         Es preferible hacer una cosa a la vez bien hecho, que muchos de mala manera.

  • El mejor escribano echa un borrón
         Que todos podemos cometer errores.

  • Con paciencia el cielo se gana
          Todo es posible con paciencia.

  • Lo mío, mío, y lo tuyo de ambos
          La avaricia de muchas personas, que no saben compartir y sin embargo se apropian de los bienes e ideas de 
            los demás.

  • Hijo fuiste, padre serás, cual hiciste, tal habrás
         Dicho que recuerda a los hijos de tratar bien a sus padres, porque algún día ellos también serán padres.

Refranes Africanos:
  • -No preguntes al cazador sobre su caza si vuelve con setas.
  • -Una tormenta de arena pasa; las estrellas permanecen.
  • -Quien quiere tener un niño cueste lo que cueste, se casa con una mujer embarazada.
  • -Las tareas de un elefante nunca son demasiado pesadas para él.
  • -Copiando a todos los demás todo el tiempo, el mono un día se cortó su propia garganta. 
  • -Aquéllos que llegan antes al río encuentran el agua más limpia.
  • -Es por bondad de corazón por lo que el cangrejo rechazó que Dios le fabricara una cabeza.
  • -Siéntate a la orilla del río y verás pasar al cadáver de tu enemigo.
  • -La sal no dice de sí misma que es salada.
  • -Todos los blancos tienen un reloj, pero jamás tienen tiempo.
  • -No se le da un golpe en la cabeza a quien tiene tu dedo dentro de su boca.
  • -El enfermo necesita del medico, el médico no necesita del enfermo. 
  • -La mentira puede correr un año, la verdad la alcanza en un día.
  • -No puedes esconder el humo si encendiste fuego.
  • -Cuando el león envejece hasta las moscas le atacan.
  • -Si quieres llegar rápido, camina solo; si quieres llegar lejos, camina acompañado.
  • -La lluvia moja las manchas del leopardo pero no se las quita.
  • -Quién escucha la voz del anciano es como un árbol fuerte; quién se tapa los oídos es como una rama.
  • -Hay quien tiene cabeza pero no tiene gorra para ponerse, y hay quien tiene gorra pero no tiene cabeza


Proverbios africanos


  • "Las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran."
  • "La familia está como el bosque, si usted está fuera de él sólo ve su densidad, si usted está dentro ve que cada árbol tiene su propia posición."
  • "Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de caza siempre glorificarán al cazador."
  • "Aquéllos que llegan antes al río encuentran el agua más limpia."
  • "Si usted puede caminar, usted puede bailar; Si usted puede hablar, usted puede cantar."
  • "No hay donde ocultarse en la superficie de agua."
  • "La piel del leopardo es bonita, pero su corazón malvado."
  • "La muerte de un anciano es como una biblioteca que se quema."
  • "El dueño del perro no obedece a su perro."
  • "Sólo los pies del viajero saben el camino."
  • "No puedes esconder el humo si encendiste fuego."
  • "El puente sólo se repara cuando alguien se cae al agua."
  • "El mal que hace un gran personaje brota siempre sobre la cabeza de su hijo."
  • "La maldad es un león que comienza por saltar primero sobre su amo."
  • "Cuando los elefantes luchan, la hierba es la que sufre."
  • "Siéntate a la orilla del río y verás pasar al cadáver de tu enemigo"
  • "Si tu madre africana te regaña, tu madre."
  • "El cuchillo demasiado afilado desgarra su propia vaina".
Las alas robadas[Cuento. Texto completo]Anónimo africano
Érase una vez un príncipe llamado Sakaye Macina que viajaba por placer. Y he aquí que llegó a una ciudad en un día de feria.
Al apearse de su caballo oyó a un viejo que voceaba:
-¿Quién quiere, por una jornada de trabajo, ganar cien monedas de oro?
Sakaye se acercó al anciano y le dijo:
-Yo estoy dispuesto a trabajar todo un día por ese salario.
El viejo era un guinarú que frecuentaba los mercados con el único propósito de engañar a algún forastero y llevárselo a su choza para comérselo.
Respondió:
-Pues bien, Sakaye Macina. Deja tu caballo aquí y ven conmigo hasta el pie de aquella alta montaña. Allí encontrarás la faena que has de hacer.
Sakaye siguió, sin pronunciar palabra, al guinarú, que había tomado el camino de la montaña indicado. Así que llegaron a las estribaciones del monte altísimo, el guinarú dijo:
-Sube a la cúspide. Arriba hallarás a tus compañeros ocupados ya en la labor.
-Pero, ¿por dónde puedo escalar la cima? -preguntó Sakaye-. No veo la posibilidad. ¡Si está cortada casi a cuchillo!
-Yo te proporcionaré una montura que te llevará a destino -respondió el viejo guinarú.
Palmoteo éste y al punto apareció una tórtola gigantesca ensillada.
-Monta este corcel -ordenó el viejo.
Sakaye obedeció y el pájaro se elevó hasta la cima de la alta montaña. Una vez allí, depositó a su jinete sobre una enorme roca y desapareció.
Sakaye miró en derredor y vio una choza amarilla. Esta choza era de oro puro.
Se aproximó y con asombro observó a un anciano cuyos ojos eran tan grandes y amarillos como el sol de mediodía.
Y divisó, cuando se dirigía hacia este viejo, a lo lejos y por encima de él, el Universo entero, pues la montaña sobre la cual se encontraba era la más alta de toda la tierra.
Muy cerca de este viejo de "los ojos de sol" vio una gran cantidad de cráneos humanos esparcidos por el suelo.
Preguntó al viejo de quién era la choza de oro y quién había matado a los dueños de aquellos cráneos.
Le preguntó también por qué razón un hombre tan viejo como él se encontraba en un lugar tan espantoso, mayormente cuando, según todas las apariencias, era el único ser que moraba en aquella soledad altísima.
-Sakaye Macina -respondió el anciano- yo soy el guardián de esta choza. Los que aquí habitan son yébem, devoradores de hombres. ¡He aquí que tú estás en poder de ellos y no te escaparás! El padre de ellos te ha encontrado en el mercado y te sedujo con la esperanza de poseer el oro que te ofreció por un jornal. En consecuencia, espera aquí tu fin, porque dentro de un instante caerás en sus manos, donde hallarás la muerte. Te devorarán tan pronto el yébem que te ha encontrado esté de regreso. ¡Y no tardará mucho!
-¿Tú también eres un devorador de hombres? -le preguntó Sakaye.
-¿Yo? -exclamó el anciano-. ¡No! Yo soy un yébem, pero en ningún modo de los devoradores de hombres. Yo pertenezco a otra raza diferente. Me obligan a permanecer aquí en virtud de un sortilegio que me priva del uso de las piernas; a no ser por esto, hace mucho tiempo que habría regresado al lado de los míos. Delante de la choza les sirvo de guardián y me es imposible escapar.
-Muy bien, anciano. ¿Y dónde están en este momento esos ogros propietarios de la choza de oro y dueños de tus piernas?
-Están de caza y volverán al mismo tiempo que su padre, a quien tú ya conoces.
-Entonces, ¿ahora no hay nadie en la vivienda?
-Nadie, a excepción de unos yébem muy jóvenes que se distraen jugando a las conchas.
-Entraré, pues, y me esconderé en algún granero, en espera de la noche para escapar.
-Te suplico que no hagas tal cosa -gritó el viejo-. Tú serías la causa de mi perdición, pues los yébem, a su regreso, me matarían sin compasión al oler carne humana en su casa.
Sakaye, que sabía que el guinarú de los "ojos de sol" no podía nada contra él, porque el sortilegio le impedía el uso de las piernas, entró precipitadamente, sin hacer caso de sus advertencias y súplicas.
Al ver al intruso, los jóvenes yébem, que estaban jugando y se habían quitado las alas para estar más desembarazados, se asustaron y se metieron de un salto en un gran agujero que había en el centro de la guarida. Pero tuvieron tiempo de recoger sus alas.
Tan sólo la hermana, una muchacha muy jovencita, abandonó las suyas en la precipitación de la huida.
Cuando ella se encontró en medio de sus hermanos, éstos le dijeron:
-Pequeña, has dejado tus alas a la discreción del intruso. Anda por ellas, aunque ello te cueste la libertad. Debes intentar recuperarlas, pues jamás se ha dado el caso de que una yébem haya dejado sus alas en poder de un humano.
La joven yébem, a pesar de su espanto, regresó a la choza y, dirigiéndose a Sakaye, le dijo:
-¡Humano, yo te suplico que me devuelvas mis alas!
-Te las devolveré con una condición -respondió el príncipe-. Quiero que me lleves a mi pueblo.
-Te lo prometo -dijo ella.
Entonces Sakaye le devolvió las alas y ella se las puso en lugar adecuado. Hecho esto, el príncipe montó sobre la espalda de la joven yébem y voló tan alto, tan alto, que ya no podía distinguir siquiera la tierra.
Ella lo depositó delante de la puerta del palacio del rey y quiso, inmediatamente, regresar a la choza de la alta cumbre, pero Sakaye la retuvo a la fuerza. Para lograrlo, le quitó las alas y las escondió en los almacenes del rey.
Y acaeció luego, que la tomó por esposa. Desposados, vivieron así algunos años, y la joven yébem dio a luz tres hijos, todos derechos como un huso y lindos como flores.
A pesar de la alegría que ella sentía de ser madre, la yébem tenía el corazón apesadumbrado. Añoraba y sentía nostalgia de la soledad de las altas cumbres.
Una noche, mientras su marido y sus hijos dormían, se transformó en un ratoncillo y, por un diminuto agujero, penetró en el almacén de su suegro el rey. Cogió las alas y se las ajustó en los hombros. Luego, volvió para buscar a sus hijos, los ocultó bajo sus alas y, remontando el vuelo, se dirigió rauda hasta la montaña de sus amores.
FIN
Las semillas de la discordia[Cuento. Texto completo]Anónimo africano
Una noche un campesino de África vio que la discordia plantaba semillas en su campo. Se abstuvo de intervenir y la observó. Cuando ella terminó y se fue, él se pasó toda la noche recogiendo, con la ayuda de una linterna, las peligrosas semillas. Se las llevó a su casa sin decir una sola palabra a su familia.
Al día siguiente, para deshacerse de las semillas, les dio un puñado a las gallinas. Pero apenas las picotearon se pusieron a pelear furiosamente, a muerte, entre ellas. Terminó con sus manos y brazos cubiertos de crueles picotazos. Buscando otra forma, tiró un puñado al río. Pero los peces, anguilas e incluso los hipopótamos empezaron a desplazarse, mientras olas enormes recorrían ese río habitualmente calmo, tan enormes que una parte de la llanura quedó inundada.
Otro día tuvo la idea de triturar una parte y, sin decirle de qué se trataba, pedirle a su mujer que le preparara una torta. Se puso a comer aquella torta. pero apenas tragó el primer bocado, la encontró mal cocida, demasiado salada y empezó a reprochárselo a su mujer. Ella, que también acababa de terminar su primer bocado, replicó gritando que si su marido la encontraba mal preparada simplemente significaba que él era un imbécil, cosa que ella siempre había sospechado. Se desató tal ira entre ellos que fue necesaria la intervención de vecinos para separarlos.
Pasaron unas semanas. Poco a poco recobraron la calma, pero el campesino, que había perdido el sueño y la sonrisa, sólo pensaba en las semillas que le quedaban. Pensó en hacer un viaje a algún país lejano. Sin embargo, como era un buen hombre, se decía que los países lejanos estaban sembrados de suficientes semillas de la discordia. Incluso pensó dirigirse hasta el mar para tirar su saco de semillas, pero temió crear una tempestad sin igual. Las buenas razones le hicieron renunciar a aquella idea.
Cuando aparecieron los primeros brotes, vio con alegría que tendría una cosecha excepcional. En los campos vecinos se apresuraban a arrancar las malas hierbas. Él no tenía nada que hacer. La cosecha crecía espléndida y sana. Todas las mañanas veía crecer su prosperidad. Se dejó ganar por la ociosidad. Incluso aprovechó para visitar a unos primos que vivían a tres días de camino. A su regreso, las lamentaciones de su mujer y sus hijos le dieron las bienvenidas. En pocas horas una bandada de aves había desvastado su campo. No quedaba ni un solo brote.
Los sabios del pueblo encontraron la razón de aquella desgracia. En los otros campos (que no habían sido desvastados), dijeron, siempre había habido un hombre trabajando moviéndose, haciendo ruido con sus herramientas. Por eso los pájaros se habían dirigido al único campo en el que no había nadie. Un campo magnifico, por otra parte.
El campesino esperó la llegada de la noche, se levantó sin hacer ruido y sacó del escondite el saco con las últimas semillas. Fue hasta su campo y allí echó las semillas, una a una.
Al volver al pueblo, vio a lo lejos que la discordia plantaba semillas en un pequeño bosque que pertenecía a uno de sus amigos. Un amigo al que quería mucho, y al que se guardó mucho de avisar.
FIN
El árbol que hablaba[Cuento. Texto completo]Anónimo africano
Había un lobo en la selva. Un día, cuando estaba afuera paseando, encontró a un árbol que tenía unas hojas que parecían caras de personas. Escuchó atentamente y pudo oír al árbol hablar.El lobo se asustó y dijo:
-Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.
Tan pronto como hubo dicho estas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No sabía durante cuánto tiempo había estado allí tendido en el suelo, pero cuando despertó estaba demasiado asustado para hablar. Se levantó inmediatamente y empezó a correr.
El lobo estuvo pensando acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podía usar el árbol para su provecho. Se fue paseando de nuevo y se encontró a un antílope. Le contó lo del árbol que hablaba, pero el antílope no le creyó.
-Ven y lo verás tu mismo -dijo el lobo- pero cuando llegues delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: "Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante". Si no las dices, morirás.
El lobo y el antílope se acercaron hasta el árbol que hablaba. El antílope dijo:
-Has dicho la verdad, lobo, hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.
Tan pronto como dijo esto alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a casa para comérselo. "Este árbol que habla solucionará todos mis problemas", pensó el lobo. "Si soy inteligente nunca más volveré a pasar hambre."
Al día siguiente el lobo estaba paseando como de costumbre. Al cabo de un rato se encontró con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope, y la llevó hasta el lugar. La tortuga se sorprendió cuando vio al árbol hablante.
-No creía que esto fuera posible -dijo- hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.
Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y cayó inconsciente. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla. Pensó en hacer una estupenda sopa.
El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga cazó un ave, un jabalí, y un ciervo. Nunca antes había comido mejor. Siempre usaba la misma estrategia. Contaba a sus presas que debían decir que nunca antes habían visto a un árbol hablar y que si no lo decían morirían. Todos ellos hicieron lo que el lobo les dijo y todos ellos quedaron inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. Era un plan perfecto, él lo creía simple e infalible, y agradecía a las estrellas el hecho de haber encontrado a ese árbol. Esperaba comer como un rey durante el resto de su vida.
Un día, que se sentía con algo de hambre, el lobo fue a pasear de nuevo. Esta vez se encontró con una liebre. El lobo le dijo:
-Hermana liebre, he visto algo que tú no has visto desde el tiempo de tus antepasados.
-Hermano mayor, ¿qué puede ser? -preguntó la liebre.
-He visto un árbol que habla en la selva -dijo el lobo.
Contó la misma historia de siempre a la liebre y se ofreció para llevarla a ver ese árbol hablante. Fueron juntos hasta el lugar. Cuando se acercaban al árbol el lobo le dijo:
-No olvides lo que te he contado.
-¿Qué me contaste? -preguntó la liebre.
-Lo que debes decir cuando llegues junto al árbol, o si no , morirás -dijo el lobo.
-¡Oh!, sí -dijo la liebre-.
Y empezó a hablar con el árbol.
-¡Oh!, árbol, ¡oh!, árbol -dijo-. Eres un árbol precioso.
.No, esto no -dijo el lobo.
-Perdona -dijo la liebre. Entonces habló de nuevo-. Árbol, ¡oh!, árbol, nunca pensé que pudieras ser tan maravilloso.
-¡No, no! -dijo el lobo- no un árbol precioso, un árbol hablante. Te dije que tenías que decir que nunca habías visto antes a un árbol hablante.
Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se fue andando y mirando hacia el árbol y el lobo. Luego sonrió:
-Entonces, este era el plan del señor Lobo -dijo-. Se pensaba que este lugar era un comedero y yo su comida.
La liebre se marchó y contó a todos los animales de la selva el secreto del árbol que hablaba. El plan del lobo fue descubierto, y el árbol, sin herir a nadie, continuó hablando solo.
FIN

CUENTOS AFRICANOS


Cómo la sabiduría se esparció por el mundo[Cuento. Texto completo]Anónimo africano
En Taubilandia vivía en tiempos remotos, remotísimos, un hombre que poseía toda la sabiduría del mundo. Se llamaba este hombre Padre Ananzi, y la fama de su sabiduría se había extendido por todo el país, hasta los más apartados rincones, y así sucedía que de todos los ámbitos acudían a visitarlo las gentes para pedirle consejo y aprender de él.
Pero he aquí que aquellas gentes se comportaron indebidamente y Ananzi se enfadó con ellos. Entonces pensó en la manera de castigarlos.
Tras largas y profundas meditaciones decidió privarles de la sabiduría, escondiéndola en un lugar tan hondo e insospechado que nadie pudiera encontrarla.
Pero él ya había prodigado sus consejos y ellos contenían parte de la sabiduría que, ante todo, debía recuperar. Y lo consiguió; al menos así lo pensaba nuestro Ananzi.
Ahora debía buscar un lugarcito donde esconder el cacharro de la sabiduría; y, sí, también él sabía un lugar. Y se dispuso a llevar hasta allí su preciado tesoro.
Pero... Padre Ananzi tenía un hijo que tampoco tenía un pelo de tonto; se llamaba Kweku Tsjin. Y cuando éste vio a su padre andar tan misteriosamente y con tanta cautela de un lado a otro con su pote, pensó para sus adentros:
-¡Cosa de gran importancia debe ser ésa!
Y como listo que era, se puso ojo avizor, para vigilar lo que Padre Ananzi se proponía.
Como suponía, lo oyó muy temprano por la mañana, cuando se levantaba. Kweku prestó mucha atención a todo cuanto su padre hacía, sin que éste lo advirtiera. Y cuando poco después Ananzi se alejaba rápida y sigilosamente, saltó de un brinco de la cama y se dispuso a seguir a su padre por donde quiera que éste fuese, con la precaución de que no se diera cuenta de ello.
Kweku vio pronto que Ananzi llevaba una gran jarra, y le aguijoneaba la curiosidad de saber lo que en ella había.
Ananzi atravesó el poblado; era tan de mañana que todo el mundo dormía aún; luego se internó profundamente en el bosque.
Cuando llegó a un macizo de palmeras altas como el cielo, buscó la más esbelta de todas y empezó a trepar con la jarra o pote de la sabiduría pendiendo de un cordel que llevaba atado por la parte delantera del cuello.
Indudablemente, quería esconder el Jarro de la Sabiduría en lo más alto de la copa del árbol, donde seguramente ningún mortal había de acudir a buscarlo... Pero era difícil y pesada la ascensión; con todo, seguía trepando y mirando hacia abajo. No obstante la altura, no se asustó, sino que seguía sube que te sube.
El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba de un lado a otro, ya a derecha ya a izquierda, igual que un péndulo, y otras veces entre su pecho y el tronco del árbol. ¡La subida era ardua, pero Ananzi era muy tozudo! No cesó de trepar hasta que Kweku Tsjin, que desde su puesto de observatorio se moría de curiosidad, ya no lo podía distinguir.
-Padre -le gritó- ¿por qué no llevas colgado de la espalda ese jarro preciado? ¡Tal como te lo propones, la ascensión a la más alta copa te será empresa difícil y arriesgada!
Apenas había oído Ananzi estas palabras, se inclinó para mirar a la tierra que tenía a sus pies.
-Escucha -gritó a todo pulmón- yo creía haber metido toda la sabiduría del mundo en este jarro, y ahora descubro, de repente, que mi propio hijo me da lección de sabiduría. Yo no me había percatado de la mejor manera de subir este jarro sin incidente y con relativa comodidad hasta la copa de este árbol. Pero mi hijito ha sabido lo bastante para decírmelo.
Su decepción era tan grande que, con todas sus fuerzas, tiró el Jarro de la Sabiduría todo lo lejos que pudo. El jarro chocó contra una piedra y se rompió en mil pedazos.
Y como es de suponer, toda la sabiduría del mundo que allí dentro estaba encerrada se derramó, esparciéndose por todos los ámbitos de la tierra.
FIN